“La culpa la tiene la maestra”. La familia y la escuela como formadores sociales.
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Por Juan José Gnagnarello
¿Cuántas
veces hemos escuchado la frase “La maestra tiene la culpa” en boca de padres
atormentados al ver la libreta de calificaciones de su hijo? Seguramente
muchas. Atiborrados de preocupaciones y henchidos de orgullo, los padres
solicitan una entrevista con el docente en cuestión intentando demostrarle que
se ha equivocado.
Cuando
nos desentendemos del necesario apoyo familiar en la relación educativa,
adjudicamos de forma tácita a la escuela el mote de entidad responsable de toda
educación posible. La formación social de nuestros hijos es una construcción
donde intervienen todos sus grupos de relación.
La
educación es una actividad cuya responsabilidad no debe quedar solo en manos de
la escuela. Desde todos los claustros pedagógicos sociales suenan las campanas
que predican la necesidad de pasar más tiempo junto a nuestros hijos en la
tarea educativa. No solo transportarlos hasta la escuela y ayudarlos a hacer
los deberes, sino orientarlos en el arduo camino de las relaciones sociales.
Según
la Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación Nieves Blanco García, “la
escuela es una institución social que no tiene sentido desconectada de sus
relaciones de dependencia/autonomía respecto del resto de las instituciones
sociales y de la sociedad en su conjunto”. Esta apreciación nos invita a
reflexionar sobre el sentido global de la educación como estructura esquemática
e indisoluble, donde el rol familiar junto al docente resulta sustancial.
La
contención emocional, cuya responsabilidad es principalmente de la familia, es
la base de toda educación posible. Sin este marco regulatorio de toda actividad
civil, las capacidades cognitivas de un alumno en el aula formal disminuyen
considerablemente.
Los
padres debemos preocuparnos de que nuestros hijos disfruten la actividad
escolar como cualquier otra actividad, dentro de los márgenes que nos dicta el
sentido común. Se entiende que la escuela no es una plaza de juegos, y eso no
se logra de un día para otro. El camino comienza en la sutil relación
padres–hijo que se teje a diario. Desde compartir un programa televisivo
intercambiando comentarios o algún entretenimiento como un juego de mesa, o
sencillamente charlando acerca de las actividades familiares del día.
Esa
resonancia comunicativa tampoco se logra en un abrir y cerrar de ojos, pues las
capacidades empáticas no se adquieren por el solo hecho de ser padres o hijos
vía sanguínea, sino que se construyen pacientemente con la práctica y el
interés genuino y dedicado. De nada sirve compartir cuando no hay un interés
sincero por los asuntos del otro. Aunque parezca redundante y hasta fastidiosa
la aclaración de que “nuestro hijo también es una persona además de ocupar un
espacio hogareño y un rol dentro del tejido familiar”.
Está
comprobado que el rendimiento de los alumnos que provienen de familias cuyos
lazos emocionales son fuertes es superior en la escuela.
Hoy
los lazos familiares se diversifican y transmutan velozmente, resultando
imperiosa la profunda colaboración familiar para formar ciudadanos cuya acción
inteligente resulte socialmente edificante. En el libro “Los Padres van a la
Escuela”, las educadoras Veci y Jorganes escriben: “Los padres tienen esa
sensibilidad innata, necesaria para vivir con niños, para escuchar la mayor
insignificancia, para hablar con ese trato y cariño que nosotros, los maestros,
perdemos a veces, en aras de una excesiva profesionalización. Por otra parte,
el padre que participa puede cubrir mejor que los que no lo hacen su necesidad
y su derecho a ser más conscientes de su papel de educador, de responsable
último del despegue de su hijo. Los maestros seremos los expertos que les
ayuden, pero ellos han de preocuparse de lo que yo, maestro, haga con su hijo”.
La
educación familiar es la enseñanza primaria por antonomasia. Constituye el
pilar de la educación social donde se asientan todos los aprendizajes
posteriores.
Como
padres, nuestra intervención merece un replanteo constante, ordenado y
disciplinado. La formación ciudadana no es algo inerte, sino que participa de
la vida misma y, como tal, fluye de manera continua.
Gimeno
Sacristán dice: “El reto de la escuela en estos momentos es el de convertirse
en un proyecto abierto en el que quepa una cultura que, siendo de todos,
constituya un espacio de confluencia, de diálogo y comunicación entre distintos
grupos sociales”. “El espíritu de tolerancia no debe quedar en el marco
teórico, sino que debe fundamentarse en la cotidianidad escolar y extraescolar,
inculcando con raíces profundas el respeto mutuo, la reivindicación de valores
familiares y el pluralismo social, que caracterizó a nuestras tierras desde los
comienzos mismos de su formación”.
El
conocimiento escolar como creación cultural debe reflejar el camino previamente
cimentado por la familia en el marco de contención emocional sincera y genuina,
que junto a la escuela deben orientar al educando para la formación ciudadana.
De
acuerdo con las capacidades emocionales y cognitivas de los estudiantes, la
escuela y la familia deben recrearse mutuamente según las necesidades que la
sociedad decida, logrando así una formación conjunta que pueda traducirse en
ciudadanos con mayor compromiso social.
Referencias:
http://www.romsur.com/educa/responsabilidades.htm
http://webdeptos.uma.es/doe/miembros/curriculum/blanco_nieves.pdf
http://www.revistaeducacion.mec.es/re336/re336_07.pdf

